¿Somos los humanos muy diferentes de otros animales? Nuestro ADN dice que no, que es prácticamente el mismo. Nuestro comportamiento tampoco difiere tanto.
Un experimento con monos encerrados en jaulas vecinas demostró lo celosos que son estos animales. ¡Terrible!
A un mono le dieron pepinos, bueno, algo no especialmente deleitable para el paladar de un mono, pero a su vecino le dieron unas uvas muy sabrosas. Cuando el receptor de los pepinos se dio cuenta, se enfadó muchísimo, y cuando le dieron otra verdura insípida mientras que a su vecino le volvieron a dar uvas, también tiró su comida furioso fuera de su jaula y se comportó de forma impropia, incluso para un mono.
Aunque, que yo sepa, este experimento no se repitió más tarde con personas, encerrándolas en jaulas contiguas y alimentándolas de forma diferente con uvas y pepinos, otras observaciones sí permiten suponer que los seres humanos también sienten envidia.
¿Ha intentado alguna vez quitarle al perro del vecino el hueso que está mordiendo? Mejor no. Los perros y otros animales tienen una idea muy clara de lo que es la propiedad. Si no se respeta, se vuelven rápidamente desagradables.
La especie humana no es una excepción, aunque no creo que vayan a hacer mucho alboroto por huesos que quieran morder. Para esta especie, el coche o el móvil propio son algo sagrado que mejor que otro no toque o se apodere de aquel. Los experimentos con la propiedad comunal, en los que todos poseen todo, por lo que nadie posee en realidad nada, han fracasado regularmente.
Otra característica saliente de los chimpancés es su pertenencia a un grupo. Si uno anda solo por ahí o tiene un grupo muy pequeño, el mono está bastante perdido: Lo acosan y los matones no lo dejan acercarse a los comederos. Y, cuando en un grupo bien poblado se acerca otra horda, los animales alfa deciden iniciar la lucha para defender su territorio, animando sobre todo a la generación de animales beta a darle duro a esos intrusos y a ahuyentarlos, siempre y cuando estos enemigos puedan seguir corriendo tras la pelea. Para los animales líderes, esto tiene claras ventajas: la horda extraña se ha ido, muchos de los aspirantes competidores por la posiciones alfa han quedada inválidos o muerto por la buena causa y, por el momento, reina la paz tanto externa como interna.
Tengo que hacer aquí un pequeño inciso antes de volver a las reivindicaciones territoriales del ser humano actual.
En el mundo animal existen otras formas de defender el territorio. Los pájaros, por ejemplo, gorjean y silvan. Una forma pacífica y muy civilizada de marcar su hábitat. Ahora bien, los pájaros son descendientes de los dinosaurios. Y los dinosaurios aparecieron en nuestro planeta hace más de 245 millones de años. Los mamíferos, sin embargo, aparecieron 45 millones de años después. De alguna manera los dinosaurios o lo que queda de ellos están por ello más desarrollados que nosotros. Visto de otra manera podemos decir que todavía nos queda algo de tiempo para ponernos al día en nuestro comportamiento. Al menos ya vemos hoy en día algunos indicios de superación: en el fútbol, por ejemplo, el árbitro ya puede imponerse con un solo silbato frente a 22 jugadores y a una multitud de espectadores enfadados. Y mucha gente en Europa prefiere darle también un silbato a cualquier rey de los pepinos en el Kremlin, antes que someterse a su pretensión de tenerlos a todos bajo su yugo.
En los largos periodos de tiempo descritos en el párrafo anterior, los pocos milenios que han pasado desde que los seres humanos se asentaron son, por supuesto, ridículamente cortos. Por eso, en el fondo, es injusto que ahora me exprese de forma crítica o sarcástica al respecto. Pero me atrevo a hacerlo de todos modos, con la vaga esperanza de acortar con ello en uno que otro millón de años el tiempo que necesitemos para mejorar las cosas.
Los humanos, que antes deambulaban por ahí en pequeñas hordas, se han asentado, han construido casas, han levantado vallas. Han inventado reglas sobre a quién pertenece qué tierra. Han sembrado semillas, han criado animales. La tierra se ha convertido en tierra de cultura. Y la cultura también ha aparecido de otras formas, solo que un poco diferente en cada lugar. Como también sucedió con los idiomas.
Por ejemplo, he observado cómo los alemanes y los rumanos comen plátanos. Los alemanes quitan la cáscara por el tallo. Los rumanos pelan la cáscara por el otro lado del tallo y luego la quitan. En este contexto, es interesante notar que los monos suelen morder la fruta y escupir la cáscara al suelo.
Las reivindicaciones territoriales, los idiomas y las costumbres culturales llevaron hace dos siglos a la formación de naciones. Sin embargo, esta división no está del todo consolidada. En realidad, una nación solo puede considerarse segura si dispone de armas nucleares o si tiene un buen amigo que las utilice para defenderlos en caso de ataque. Además, muchos sostienen que una nación sólo permanece si no entran en su territorio los que comen los plátanos de otra manera o hablan idiomas incomprensibles y, por lo tanto, podrían cuestionar la supuesta propia superioridad cultural.
Bueno, para resumir: al igual que para la mayoría de las especies vertebradas, el territorio, el grupo y la propiedad son extremadamente importantes para gran parte de la humanidad. Y como los bienes, a excepción del aire (todavía, pero ya lo veremos), son escasos, la envidia de uvas que tengan uno de otros juega un papel innegable en nuestras actitudes — frente a terceros y también entre los mismos miembros del grupo.
Y esto es precisamente lo que nuestros jefes de manada han estado explotando una y otra vez desde que nos hemos asentado, para mantenernos a raya como ciudadanos de a pie y así consolidar su poder. Como el truco del mago que nos muestra algo con una mano para distraernos, mientras que por detrás de la otra mano esconde el conejo que supuestamente saca del sombrero, así estos señores nos manipulan con llamados al orgullo nacional o tribal, a la posesión o a la envidia, para que no nos demos cuenta de que su verdadero propósito es otro: dinero y poder — y que en el fondo no les importan en absoluto estas cosas patrióticas y de posesión que en nombre de ellos defendemos con uñas y dientes. Porque en la posición que han logrado ostentar y quieren mantener ya no las necesitan.
El divertido vídeo del experimento de envidia con los monos capuchinos se puede ver, por ejemplo, aquí. Y la deliciosa novela infantil de Christine Nöstlinger, “Me importa un comino el rey pepino”, cuyo texto también es intelectualmente accesible a adultos, es muy recomendable. [Vea aquí]
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